El periodista, escritor y presidente del consejo de administración del a RTVA, Rafael Porras, "pregonó" el LVII Trofeo Colombino. Y lo entrecomillamos porque no fue un pregón al uso, algo él mismo avanzó al inicio de su discurso, y distó mucho, pero mucho, del de la pasada edición, que puso el listón muy pero que muy alto. Tras la presentación del jefe de prensa del club, Joaquín José López López, tomó la palabra Rafael Porras: "bueno, pues muchísimas gracias, buenos días a todos. Alcaldesa Pilar, muchísimas gracias, Adrián, presidente del club, del Recreativo de Huelva, a todas las autoridades, a los recreativistas que estáis aquí, a los onubenses y a los amigos que asisten. Mi dicción es la que es, yo ya no tengo edad para cambiar mucho mi forma de hablar pero voy a intentar hablar fuerte, pero, sí, bueno, creo que se escucha bien pero si en algún momento veis que no se me escucha bien avisadme rápidamente que cambio el tono".
Unos quince espectadores, salvando representantes del Real Club Recreativo de Huelva, institucionales y medios de comunicación, asistieron a la cita, en la que el pregonero en su discurso se declaró madridista, a pesar de haber nacido en Granada y haber desarrollado en Andalucía su labor profesional: "Es más que razonable quue muchos de ustedes se pregunten qué hace aquí un granadino, madridisto confeso e irremediable y orgulloso de serlo, haciéndose cargo de un acto de alabanza de los onubenses, como en definitiva es esta excusa que nos reúne aquí, la del pregón del Trofeo Colombino. Puede pensarse, con toda lógica, que se trata de una irresposnable osadía de este periodista en asumir algo para loq ue con toda evidencia ni está capacitado ni preparado ni, por supuesto, legitimado. No andan muy desatinados quienes así lo piensen en estos instantes. Cabe preguntarse tal vez para salvar la respetabilidad de este interlocutor si quienes de verdad han cometido una irreponsable osadía no hayan sido quienes han pensado en mí para esta aventura. Natuuralmente esa pregunta hay que hacérsela a ellos, hágansela con toda la carga de reproche que sean capaces cuando tengan oportunidad, oportunidad que yo perdí de hacerla cuando me lo propusieron y por eso me encuentro en este trance, que esperemos que finalmente no resulte demasiado embarazoso. Baste aclarar que las razonas por las que para estar aquí en mi casa son poco prosaicas, y no son otras que las que confluyen en mi incapacidad manifiesta para decirles no a las peticiones de mis amigos, lo cual me ha llevado en otras ocasiones a padecer situaciones tan difíciles como esta, en la que la posibilidad de hacer el ridículo es caso irremediable. Así que, Adrián y Simón, no dudéis que os haré sufrir en algún momento por esta faena en la que habéis comprometido. Al resto de los presentes y a todos los onubenses a quienes les lleguen estas palabras o se acerquen a ella, pedir humildes disculpas y la solicitud de benevolencia y perdón eterno, y no solo por lo ya señalado, que ya es suficiente, sino también, y de forma especiel, porque esto que sigue ni siquiera va a ser un pregón, al menos no en la definición canónica del diccionario de la Real Academia de la lengua, que establece que un pregón es un discurso elogioso en que se anuncia la celebración de una festividad y se incita a participar en ella. Olvídense, por tanto, de un bando de esos a los que nos tienen tan acostumbrados y intercambiables del lugar de donde se pronuncie o del motivo del mismo, y recicable tras el simple ejercicio de cambiar el nombre del o de la titular de la glosa, como también deben olvidarse de encontrar, por mi parte, el más mínimo propósito de impostura onubense, por más que mi relación con esta ciudad y esta provincia hayan sido y sean personal e intelectualmente de cierta intensidad a lo largo de muchos años. Establecidos estos indispensables limites, espero que estas palabras, pensamientos y argumentos que siguen cumplan con el propósito de resaltar el amor y la pasión, la mayor de las veces irracionales y contradictorias por el fútbol. Unas emociones estas, del amor y la pasión, que se resumen en esta ocasión en tres palabras:
Huelva y Tfofeo Colombino. Suele decirse que los pregones sirven para anunciar una fiesta; yo creo que no exactamente. Creo que los pregones y aunque este, insisto, no lo pretende ser, deben servir para otras cosas mucho más importantes. Deben servir para despertar recuerdos, porque las fiestas llegan involuntariamente en el calendario. El instintivo e involuntario reflejo de la memoria, es decir, los recuerdos, en cambio, llegan sin avisar. Basta un olor, el sabor perdido de aquel plato elaborado por tu madre o por tu abuela, una canción, una fotografía, pero también llegan por el sonido de un balón golpeando la red en una noche de verano".
"Y, entonces, sin saber cómo, uno vuelve a tener 10 años, cuando, de la mano de mi padre, me adentré por el arco del viejo Los Cármenes de mi Granada, equipo heredero del primigenio Recreativo Granada. ¡Qué casualidad aquella denominación tan deudora del auténtico y genuino Recreativo! En aquella grada de preferencia de pie, bajo un diluvio, donde empataron a 3 goles el Granada y la Real Sociedad, el primer recuerdo de mi pasión por el fútbol, que me acompaña desde entonces, tan difuso, y tal vez hasta inexacto, y tan similar al de cualquiera que hemos sido inoculados por el virus del fútbol. Este acto presente y esta circunstancia que nos ha convocado hoy me hace servido también para volver a tener 14 años. He tenido que mirarlo, ¡eh!, lo admito, porque mis recuerdos son ya demasiado selectivos. He vuelto a cuando por azarosas circunstancias, que siempre coincidía con mi periodo de vacaciones escolares, acompañaba a mi padre, viajante, a su recurrente visita comercial a
Huelva. En aquel SEAT 850 granate, en un viaje que resultaba siempre toda una aventura por aquellas carreteras de los años 70 del siglo pasado. Entre Granada y
Huelva había una distancia real mucho mayor que la actual, aunque ambas ciudades siguen donde deben de estar. En aquella ocasión, uno de sus clientes, ya convertido en amigo, el que lamento no recordar su nombre en este momento nos invita a un partido del Trofeo Colombino, lo que además nos obliga a prolongar un día más la estancia en
Huelva. Aquella de 1974 era una edición del Colombino por todo lo alto: cuatro equipos, Real Betis, ¡qué casualidad!, el húngaro Újpest Dózsa, el Feyenoord y Bayern de Múnich, campeones estos dos últimos en la temporada anterior de la Copa de la UEFA y de Europa respectivamente, el equipo alemán, el Bayern, después de derrotar al Atlético de Madrid. Nosotros asistimos al primer partido, el Real Betis - Feyenoord, que ganaron los holandeses, empezó ganando el Betis y luego remontó el holandés. Esto no está en el pregón pero me lo ha recordado ahora. El siguiente partido a las semifinales, digamos de consolación, del Betis y el Bayern de Múnich, ganó el Betis 5-0. Puede ser uno de los partidos gloriosos de la historia del Betis. Insisto, es un recuerdo difuso que he tenido que actualizar y, desde entonces, desde aquel momento, esas dos palabras que a cualquier onubense, pero también para el resto de andaluces y españoles han significado mucho más que un torneo de fútbol. Trofeo Colombino. Dos palabras, solo dos, pero dentro de las que caben sesenta años de verano. Y para hablar de Colombino es imprescindible detenerse a recordar aquellos veranos cuando los torneos veraniegos rompían la sequía futbolística tras finalizar la liga de España, cuando entre junio y septiembre, días del inicio de la nueva competición, quedaba todo un desierto de fútbol. En aquella época los partidos hacían lo que se conocía como pretemporada, partidos de preparación, y lo solían hacer acudiendo a trofeos que eran como las competiciones europeas del verano. Tres eran principalmente los trofeos a los que los grandes equipos les gustaba acudir, ya que tenían un gran prestigio: el Teresa Herrera en La Coruña, el Ramón de Carranza en Cádiz y, naturamente, el Colombino. Eran los trofeos más atractivos de aquellos veranos. Existían otros: Costa Verde, Costa del Sol, el Trofeo Naranja, el Villa de Madrid, el Gamper, el Santiago Bernabéu, pero ninguno de ellos alcanzó jamás la categoría y el prestigio de estos tres torneos. También llegado a este punto resulta curioso recordar los caprichosos bucles de la vida. Aquellos torneos veraniegos solían acudir también los grandes equipos sudamericanos: argentinos, brasileños o uruguayos esencialmente, partidos que servían como escaparate para el fichaje de jugadores gracias a aquel invento que se llamó los oriundos, que no ocupaban plaza de extranjero en aquel momento. Fue cuando se descubrió que tal vez por una extravagante mutación genética una gran mayoría de los emigrantes y/o exiliados españoles tenían nietos o hijos que se habían convertido en auténticos jugadores de elite. Aquellos, ya los saben, era la excusa para oscuras maniobras económicas en la oscuridad repletas de dinero de dudoso origen, comisiones inconfensables, falsificación de identidades y documentaciones falsas, incluidos los pasaportes de los susodichos oriundos. Con el tiempo, nos volvemos a topar ahora con la conocida como ley de nietos, donde esperemos que no de reproduzcan ni remotamente aquellas prácticas. Pero no nos desviemos, estábamos en que dentro de dos palabras, Trofeo Colombino, caben décadas de veranos, sesenta años de abrazos, de ilusiones, de conversaciones interminables al día siguiente en los bares, de niños que acudían por primera vez a un estadio, en viejo Colombino, en Isla Chica, o ahora al Nuevo Colombino, que acudían cogidos de la mano de su padre, de abuelos que explicaban quién era aquel delantero brasileño, aquel defensa alemán que parecía un gigante, de madres que preparaban la cena antes de salir porque aquella noche jugaba el Recre y de una ciudad entera que aprendió que el verano no empezaba como decía el calendario, el verano no era tal hasta que aparecía la carabela de plata y se escuchaba aquel dicho acuñado por Vicente Parra Roldán y tantas veces exclamado por Santiago Cotán-Pinto de 'fútbol fútbol a orillas del Tinto y del Odiel'. Porque habrá ciudades que midan el tiempo por los años, hay otras ciudades que la miden por las estaciones, algunas por las cosechas, por su feria, por sus celebraciones religiosas.
Huelva no,
Huelva lleva además más de medio siglo midiendo el tiempo por colombinos. ¿Te acuerdas del Colombino del 79? Yo acabo de recordar el del 74. Eso fue antes del Colombino que ganó el Benfica, fue el año que vino el Bayern, fue el verano de Zico, el de Beckenbauer, fue cuando trajeron al São Paulo. Aquí las fechas nunca fueron únicamente fechas, siempre fueron colombinos. Y eso, créanme, no sucede en ninguna otra ciudad de España. Tal vez Cádiz, pero no tanto como aquí, porque hay muchos torneos, pero solo uno que pertenece al alma de una ciudad y ese es el Colombino y
Huelva. Cuando uno es niño piensa que las cosas importantes duran siempre, que los padres nunca envejecen, que los abuelos siempre estarán esperándonos, que el verano nunca termina y que el Recreativo siempre jugará el Trofeo Colombino. Después llega la vida y descubres que nada es eterno: desaparecen personas, desaparecen estadios, desaparecen torneos históricos, desaparecen equipos, cambian las ciudades, cambian las costumbres, hasta cambian los veranos, pero hay cosas que resisten y el Trofeo Colombino ha resistido, ha sobrevivido a las crisis económicas, a los cambios del fútbol, a la televisión, a las giras millonarias, a los calendarios imposibles, a quienes dijeron que ya no tenía sentido, a quienes confundieron el valor con el precio, porque el Colombino nunca se explicó con dinero, se explicó y se explica con sentimientos. Cuando aún tenemos a flor de piel las sensaciones que nos ha producido el triunfo en Nueva York de la selección española en el mundial, y con ello hemos podido observar y renovar nuestro amor por este deporte, sustentado en valores y principios incuestionables que se han confrontado en este caso además con comportamientos y actitudes deleznables hy hasta deshonestas, cuando aún digo estamos inquietos por los instantes de nerviosismo y emoción vividos, es un buen momento para defender el fútbol de verdad, el fútbol auténtico, que, no me cabe y duda, nace y vive en y desde la periferia. Y cuando me refiero a la periferia no es un término despectivo, todo lo contrario: ese lugar, como este de
Huelva, como también el de Granada, Sevilla, Córdoba, Cádiz o Almería, por no alejarnos mucho, y el de miles de lugares en todo el mundo donde aún se atesoran los grandes valores de este deporte", continuó.
El periodista agreguó que "antes de convertirse el fútbol en una industria global, absorbida por la lógica empresarial y el negocio y los intereses geoestratégicos de corporaciones y países, el fútbol era una expresión colectiva, el lenguaje común de los trabajadores urbanos y del campo, de los migrantes, de los desempleados, pero también de los profesionales y de los intelecturales, que encontraban en un solar de tierra o en un modesto campo de fútbol su territorio de pertenencia. No era ni es solo, como reducen quienes desprecian este deporte, 22 hombres o mujeres detrás de un balón. Es, pese a todo lo pernicioso que vemos en estos tiempos, una forma de identidad social, un ritual de barrio, si me lo permiten, un espacio donde miles de personas pueden reconocerse en una misma emoción. El fútbol sí es un negocio en los despachos, pero sigue siendo un emocionante deporte sobre el césped y fantasía en la grada. Puede resultarle paradójico que esto lo diga un madridista irredento y forofo como yo, integrante de una emergente peña andaluza creada recientemente, porque si hay un exponente de un club que representa ese ámbito global que he señalado es muy probable que este sea el Real Madrid, pese a residenciarse en él algunos de los mejores valores de fútbol. Pero por encima de todo, de los equipos, está el amor al fútbol, como esa expresión colectiva que he señalado y esta expresión, no me cabe la menor duda, se resiste, insisto, en la periferia, en todas las periferias reales y las sentimentales. Por eso reivindico aquí, ante ustedes, esa resistencia del Colombino y del Recreativo. No lo duden: por aquí, justo por aquí, créanme que no es una exageración, pasa el imaginario meridiano del fútbol mundial, del fútbol de siempre".
"Hay quien se pregunta qué importancia tiene hoy un torneo de verano. La respuesta es muy sencilla: la misma importancia que tendría si alguien preguntara para qué sirve conservar una fotografía de nuestros padres o por qué seguimos entrando en la casa donde nacimos o por qué de vez en cuando paseamos por el barrio de nuestra infancia o por qué conservamos ese objeto ya inservible salvo para mantener vivo un recuerdo. O por qué guardamos aquella bufanda ya descolorida. Nada de eso sirve para ganar dinero, para tener más poder, para aparentar superioridad o estatus. Sirve para recordar quiénes somos y pocas ciudades saben quiénes son cómo lo sabe
Huelva. Visto por no onubense como yo,
Huelva tiene algo extraordinario. Es una ciudad que nunca ha necesitado levantar la voz para sentirse orgullosa. Mientras otros discutían sobre quién era el más grande,
Huelva ya sabía que había sido la primera. Sí, señores, la primera. Y eso no necesita demostrarse todos los días, simplemente se lleva con orgullo, porque aquí nació el fútbol español, en
Huelva, en Andalucía, aunque hay que recordar que el segundo campo de fútbol de España estuvo en la localidad de Jaén de El Centenillo, en otra cuenca minera explotada por los británicoscomo en Riotinto. Pero nació aquí el fútbol, no como una leyenda, no como un eslogan, sino como un hecho. En estas callas, en este puerto, entre minas, muelles, chimeneas, entre trabajadores britñanicos que trajeron mucho más que una pelota, porque trajeron una forma de entender el deporte. Y casi siglo y medio después seguimos diciendo con un orgullo sereno una palabra que ningún otro club puede pronunciar con tanta legitimidad: Decano. ¡Qué término, qué palabra más hermosa! No habla de antigüedad, habla de respeto, habla de origen, habla de raíces, habla de un club que estaba aquí mucho antes de que existieran casi todos los demás y quizás por eso los recreativistas nunca han necesitado presumir demasiado. Basta con mirar el escudo. Él cuenta toda la historia. Hay cosas que, vengo a decírselo a ustedes pero... hay cosas que solo pasan en
Huelva. Ya he apuntado algo sobre la trascendendia de algunos de los valores y sentimientos que transmite el fútbol. Y si nos detenemos en nuestro caso solo aquí un torneo amistoso ha conseguido convertirse en una tradición que se hereda como un apellido. ¿Quién recuerda quién ganó un torneo de verano hace 30 años? Muy pocos, pero, ¿quién recuerda, en cambio, con quién fue a verlo? Eso sí permanece, porque la memoria nunca guarda únicamente el acontecimiento, guarda a las personas, y el Colombino hace que un torneo, y por encima de los partidos de la competición ordinaria, de los heroicos y de los triunfantes, pero también de los tristes y dramáticos, siempre ha sido un lugar de encuentro. Aquí se han encontrado padres e hijos, abuelos con nietos, amigos que solo coincidían una vez al año porque el verano tenía la extraña costumbre de reunir a quienes la vida les había ido separando. Había quien volvía expresamente de Cataluña, de Madrid, del País Vasco, de Alemania, de Suiza, de Bélgica, porque los emigrantes onubenses sabían que las Colombinas eran mucho más que unas fiestas, era la oportunidad de volver a casa y volver a casa era casi siempre volver al Colombino. ¡Qué hermosa palabra esa, volver!, porque todos vivimos persiguiendo lugares, mapeando nuestras vidas, y al final descubrimos que los lugares que realmente importan no son aquellos donde ocurre algo extraordinario, son aquellos donde fuimos felices y yo no tengo ninguna duda de que miles y miles de onubenses aprendieron aquí una parte muy importante de la felicidad. Y lo digo por propia experiencia y sin rubor: pocas cosas en mi vida me han provocado la felicidad que me ha proporcionado el fútbol, pero el fútbol ha cambiado. Ya lo he señalado, ¿no? Ha cambiado muchísimo. Hoy hablamos de cláusulas de rescisión, de fondos de inversión, de algoritmos, de inteligencia artificial, de audiencias globales, de mercados estratégicos, de fichajes estratosféricos, de equipos estado. Todo eso forma parte del fútbol moderno. Por eso, permitidme ahora que viaje por un instante a aquel primer Colombino de 1965 y que desde mi lejanía vital intente imaginar a quienes tuvieron aquella idea. No disponían de las herramientas y de las ventajas de hoy. No existía la atención mediática que existe ahora, no había redes sociales, no existían teléfonos móviles, no podían anunciar un torneo al instante en todo el planeta. ¿Qué digo en todo el planeta? Ni siquiera en toda España. Estoy seguro que solo tenían una convicción: creían en
Huelva, creían en el Recreativo, creían en el Decano y creían que esta ciudad merecía tener un torneo a la altura de su historia dentro del fútbol. ¡Qué maravillosa demostración de verdadera ambición! Aquella que consiste poco más que en atreverse. Y se atrevieron, se atrevieron a pensar que los grandes clubes aceptarían venir a esta esquina de Andalucía, se atrevieron a creer que
Huelva podía convertirse durante algunos días en la capital del fútbol. Y aceptaron. Vaya si aceptaron, porque pocos trofeos de verano pueden presumir de haber presumido un palmarés semejante. Por este torneo desfilaron campeones de Europa, campeones del mundo, balones de oro, leyendas irrepetibles, equipos que hoy forman parte de la historia universal del fútbol y todos ellos dejaron una pequeña huella en
Huelva tan profunda como la que, sin duda, muchos se llevaron junto al trofeo, la de descubrir una ciudad que entendía el fútbol de otra manera", continuó.
La ponencia prosiguió ya en su recta final: "vivimos deprisa, consumimos deprisa, olvidamos deprisa, incluso cambiamos de ídolo con una facilidad asombrosa pero por lo que sé por mis amigos onubenses el recreativismo sigue funcionando de otra manera. Aquí todavía hay quien conserva el primer carné de socio, quienes guardan entradas de papel, quienes recuerdan las alineaciones de memoria, quien sigue llamando al estadio por el nombre que tenía cuando era niño. Y eso no es nostalgia, eso es identidad, porque la identidad no consiste en vivir anclado en el pasado, la mayor de las veces irreal e idealizado. La verdadera identidad consiste en no olvidar de dónde venimos mientras seguimos caminando. El Recre, como
Huelva, siempre ha sabido hacer ambas cosas. Hay costumbres que terminan convirtiéndose en certezas y durante muchos años la mayor certeza del verano era que el Decano nos volvería a reunir. Hoy vivimos en una sociedad que mide casi todo en cifras: los seguidores, las audiencias, los ingresos, los patrocinadores, las visualizaciones. Todo parece tener que ajustarse a un número".